Presunta Culpable


Para Ana Angélica Navarro Carranco
Gracias por ser mi amiga y cómplice todos estos años

La semana pasada mientras me encontraba en el colegio. Recibí un mensaje de texto de mi amiga Mar  en donde me contaba que se sentía muy mal por algo que había hecho y que necesitaba platicar conmigo con extrema urgencia. Le llame inmediatamente y quedamos de vernos esa misma noche.

Al platicar con Mar me conto que se sentía muy culpable por algo que había pasado en ese mismo fin de semana. Resulta que Mar asistió junto con sus amigas a una fiesta, en el trascurso de la noche Mar ingirió un poco de alcohol, en esos instantes recibió la llamada de Alberto (uno de sus ex novios). Alberto se ofreció a pasar por Mar a la fiesta y llevarla a su casa y así lo hizo, solo que antes de llegar a su casa hicieron una escala pequeña escala por un motel cercano.

Mar se sentía demasiado culpable, ya que debido al estado alcohólico en el que se encontraba no tuvo la fuerza de voluntad suficiente para decirle que no a Alberto, ella ya no quería tener contacto con él y sin embargo había cedido sin poner mínima resistencia.

Cuando me termino de contar lo sucedido y mientras le preguntaba cómo se sentía al respecto. En su rostro se reflejaba una gran  frustración, impotencia pero sobre todo culpa.

Le explique a Mar que independientemente de lo que había pasado, era necesario que lo soltara inmediatamente,  ya que aun cuando me conto esto  ya habían pasado 4 días desde que había ocurrido y ella seguía atorada en ese momento. Eso es lo que le impedía poder continuar hacia adelante. Que  era necesario que se perdonara a sí misma, ya que eso era lo que la estaba destruyendo por dentro.

Le conté un cuento que encontré en un libro de Jorge Bucay que dice algo más o menos así:

Había una vez dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, vieron a una mujer que lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

-¿Que te sucede?- le preguntó el más anciano.

-Mi madre se muere. Está sola en casa, al otro lado del río, y yo no puedo cruzar. Lo intenté -siguió la joven-, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… Ahora que han aparecido ustedes, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar…

-Ojalá pudiéramos -se lamentó el más joven-. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Lo tenemos prohibido… Lo siento.

-Yo también lo siento- dijo la mujer. y siguió llorando. El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo: “sube”.

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su hatillo de ropa y subió a horcajadas sobre el monje.

Con bastante dificultad, el monje cruzó el rió, seguido por el joven.

Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó al anciano monje con intención de besar sus manos.

-Está bien, está bien -dijo el viejo retirando sus manos-, sigue tu camino.

La mujer se inclinó con gratitud y humildad, recogió sus ropas y corrió por el camino hacia el pueblo.

Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Aún les quedaban diez horas de caminata…

Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:

-Yo la llevé a través del río, es cierto. pero ¿qué te pasa a ti que todavía la cargas sobre tus hombros?

Al terminar de contarle esta historia a Mar. Le explique que si bien al final venimos solos a este mundo y de la misma manera partimos de él, esto significa que pasaremos la mayor parte de nuestra vida en contacto con nosotros mismos. Y que si de una u otra forma no aprendemos a aceptarnos, perdonarnos, valorarnos y  a amarnos por sobre todas las cosas, esa relación personal con nosotros mismos puede ser de lo más autodestructiva. Ya que en ocasiones las personas somos más estrictas con nosotros mismos que como lo seriamos con cualquier otra persona.

Tal vez sea por querer tener un cierto grado de perfección, pero en ocasiones nos castigamos mucho más a nosotros mismos de tantas formas y por demasiado tiempo. Del que seriamos capaces de permitir que le hicieran a cualquier otro ser.

Es extraño, pero es muy cierto.

¿Por qué no comenzar a ser un poco más dóciles con nosotros mismos? Dejar de exigirnos tanto y aprender a aceptar nuestras fortalezas como nuestras debilidades, perdonarnos y soltar aquello que solo nos auto flagela a nosotros mismos. Si el 70 por ciento de nuestra vida la vamos a pasar junto  con nosotros mismos. ¿Por qué no hacer más agradable esa estancia? y comenzar a amar a ese ser que siempre ha hecho lo que ha considerado más pertinente para nosotros mismos y que ha dado todo lo que le ha sido posible a cada instante. ¿Por qué no comenzar a amarnos a nosotros mismos?

Tal vez si nos amamos incondicionalmente a nosotros mismos por, para y ante todas las cosas, lo proyectemos hacia el Universo y así sea mucho más fácil que los demás se den cuenta de nuestro propio valor y nos amen como merecemos.

Gerardo M. Santaolalla

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